Ignác Semmelweis y el lavado de manos

Hoy en día, el lavado de manos —un gesto tan sencillo como fundamental— se considera casi algo obvio: lo hacemos automáticamente antes de comer, antes de una consulta médica o en muchas otras situaciones cotidianas.

Ignác Semmelweis

Hasta mediados del siglo XIX, lavarse las manos no era una práctica común, ni en la vida diaria ni, mucho menos, como norma higiénica en los hospitales. Las teorías sobre los gérmenes y las bacterias aún no se habían formulado y, en consecuencia, la higiene de manos no se consideraba una medida útil para la prevención de enfermedades.

Uno de los primeros en darse cuenta de su importancia fue un médico húngaro, Ignác Semmelweis, considerado hoy el padre de la higiene de manos. Semmelweis nació en 1818 en Buda (parte de la actual Budapest), en el Imperio austrohúngaro. Inicialmente orientado hacia los estudios jurídicos, más tarde se acercó a la medicina gracias a un amigo, se apasionó por ella y se graduó en 1844.

Continuó su formación entre Pest y Viena, desarrollando un fuerte interés por la obstetricia, que en aquella época aún no estaba sistematizada y se consideraba menos prestigiosa que otras ramas de la medicina.

La fiebre puerperal

En 1846, Semmelweis comenzó a trabajar en el Allgemeines Krankenhaus, el Hospital General de Viena. En aquel tiempo, los hospitales no eran los lugares estériles que conocemos hoy: solían estar abarrotados, mal ventilados y, sobre todo para las mujeres que iban a dar a luz, resultaban aterradores.

El hospital, inaugurado en 1784 por el emperador José II, estaba considerado uno de los centros más modernos de Europa. Inicialmente dirigido por el doctor Johann Boër, la clínica destacaba por un enfoque particularmente humano hacia las puérperas: Boër prohibía la enseñanza sobre mujeres fallecidas y solo diseccionaba los cuerpos para estudiar las patologías que habían causado la muerte, logrando mantener la mortalidad posparto en torno al 1 %.

Todo cambió en 1823, cuando la dirección pasó a Klein. Sus asistentes estaban obligados a realizar hasta 15–16 autopsias al día, para después visitar directamente a las parturientas. En pocos años, comenzaron a multiplicarse los casos de fiebre puerperal, una enfermedad grave y a menudo mortal que afectaba a las mujeres tras el parto, provocando fiebre alta, infecciones y numerosas muertes.

Las teorías de la época eran de lo más variadas: mala ventilación, hacinamiento, acumulación de fluidos en el útero, incluso la forma en que el sacerdote atravesaba los pasillos para administrar la extremaunción. Pero ninguna explicaba realmente el fenómeno.

En 1834, Klein fundó además una segunda división de maternidad, destinada exclusivamente a la formación de comadronas. Sin embargo, hubo un detalle dramático que no pasó desapercibido para Semmelweis.

  1. En la primera clínica, gestionada por médicos y estudiantes de medicina, la tasa de mortalidad era altísima, alcanzando picos del 18 %.
  2. En la segunda clínica, donde no se realizaban autopsias, la mortalidad era mucho menor, alrededor del 4 %.

La intuición de Semmelweis

Semmelweis descartó sistemáticamente todas las variables: el clima, el hacinamiento, las prácticas religiosas, la dieta. Nada explicaba la diferencia entre ambas clínicas. Entonces, en 1847, ocurrió una tragedia que le permitió comprender la causa del problema.

Su amigo y colega Jakob Kolletschka murió poco después de sufrir una herida accidental con un bisturí durante una autopsia. Semmelweis observó que los síntomas de su amigo eran idénticos a los de las mujeres que fallecían por fiebre puerperal.

Tuvo entonces una intuición: los médicos y estudiantes comenzaban el día en la sala de autopsias y luego acudían directamente a la sala de maternidad para examinar a las parturientas. Las comadronas de la segunda clínica, en cambio, no realizaban autopsias.

Semmelweis planteó la hipótesis de que los médicos transportaban en sus manos lo que él llamó “partículas cadavéricas”, infectando a las pacientes durante las visitas.

La solución y el rechazo de la comunidad médica

Semmelweis ordenó a todos los médicos y estudiantes de la primera clínica que se lavaran las manos con una solución de hipoclorito de calcio (cloro) antes de examinar a las pacientes. Los resultados fueron inmediatos:

  • La tasa de mortalidad descendió del 18,3 % al 1,2 %.

Sin embargo, la comunidad médica de la época no recibió bien su descubrimiento. La idea de que los propios médicos fueran responsables de la muerte de sus pacientes era inaceptable para muchos, y sugerir que partículas invisibles en las manos pudieran matar parecía absurdo.

Semmelweis fue ridiculizado, su contrato no fue renovado y se vio obligado a regresar a Budapest, donde continuó promoviendo la higiene de manos. Luchó durante años escribiendo cartas públicas a sus colegas, a quienes llamó “asesinos” por negarse a adoptar medidas higiénicas, pero su salud mental comenzó a deteriorarse.

En 1865, a los 47 años, fue internado con engaños en un manicomio, donde murió apenas dos semanas después. Golpeado por los guardias, falleció de septicemia, una infección sanguínea paradójicamente similar a la fiebre puerperal contra la que había dedicado toda su vida a luchar.

El legado de Semmelweis

Solo años después de su muerte, con los descubrimientos de Louis Pasteur y Joseph Lister sobre la teoría de los gérmenes y la antisepsia, el valor del trabajo de Semmelweis fue finalmente reconocido.

Su historia incluso dio nombre a un fenómeno psicológico, el “reflejo de Semmelweis”: la tendencia automática a rechazar nuevos conocimientos porque contradicen normas establecidas o creencias arraigadas.

Su lección sigue siendo más actual que nunca. Durante la pandemia de COVID-19, el lavado de manos volvió a ocupar un lugar central como una de las medidas más eficaces para prevenir la propagación de infecciones. Un gesto tan simple y, sin embargo, tan poderoso.