Prótesis y rehabilitación: las grandes aceleraciones bélicas

Cómo los grandes conflictos del siglo XX transformaron las prótesis, desde la pierna de madera hasta los sistemas neuronales

Antes de la Gran Guerra


La amputación es uno de los procedimientos quirúrgicos más antiguos que se conocen, ya descrito por Hipócrates en su tratado De articulis, en el siglo IV a.C. Sin embargo, durante siglos siguió siendo una intervención casi siempre mortal. Solo entre los siglos XV y XVI, gracias a las ligaduras vasculares y al uso sistemático del torniquete introducidos por cirujanos como Ambroise Paré, la supervivencia tras una amputación empezó a convertirse en una posibilidad algo más realista. Fue precisamente en ese momento cuando, al haber ya supervivientes de las amputaciones, empezó a surgir una mínima demanda de extremidades artificiales. Sin embargo, estas seguían siendo un privilegio para unos pocos, ya que contar con una prótesis funcional era costoso y requería un trabajo puramente artesanal.

Sería la Guerra Civil estadounidense (1861-1865) la que ejercería la primera presión de masas real sobre el sector: las nuevas armas de repetición dejaron cerca de 35.000 supervivientes amputados, entre ellos el joven soldado James Hanger, que en 1861 sufrió la primera amputación registrada del conflicto y que, tras perfeccionar su propia prótesis durante la convalecencia, fundó una de las primeras empresas dedicadas a la fabricación industrial de miembros artificiales. En 1866, el estado de Mississippi destinó más de la mitad de su presupuesto anual a la compra de prótesis para los veteranos, una señal temprana de cómo la guerra ya se había convertido en un motor de inversión pública en el sector. Sin embargo, seguía siendo un mercado exclusivo: los trabajadores comunes recurrían más a menudo al herrero local que al catálogo de un fabricante.

El primer gran salto: la Primera Guerra Mundial


Con la Primera Guerra Mundial, la demanda de prótesis se dispara a una escala nunca vista. Las armas industriales, ametralladoras, artillería y explosivos provocan lesiones mucho más graves que en conflictos anteriores, y la amputación se convierte a menudo en la única forma de evitar infecciones mortales en los terrenos altamente contaminados del frente occidental. Solo en el Reino Unido, al final del conflicto se cuentan unos 41.000 amputados. Hospitales como el Queen Mary's Hospital, en las afueras de Londres, se transforman en centros de referencia mundial para el diseño y la adaptación de miembros artificiales, y llegan incluso a acoger a fabricantes estadounidenses como la propia empresa de Hanger.

El conflicto genera también una oleada de patentes: de apenas unas decenas antes de la guerra, solo las solicitudes británicas superan varios cientos hacia 1918. Entre las innovaciones más destacadas de la época están la mano de gancho bivalvo patentada por D.W. Dorrance en 1912, la pierna de aleación de aluminio ligero desarrollada por los hermanos Desoutter en 1913 y los llamados "brazos de trabajo" diseñados en Alemania por Siemens, pensados no tanto para la estética como para devolver a los veteranos la capacidad de volver a ser productivos en la fábrica.

El segundo gran salto: la Segunda Guerra Mundial

Si la Gran Guerra revoluciona la mecánica de las prótesis, la Segunda Guerra Mundial cambia el paradigma del cuidado: nace la medicina de rehabilitación como disciplina propia. El médico estadounidense Howard Rusk, alistado en las Fuerzas Aéreas en 1942, funda en 1943 el primer centro de rehabilitación para aviadores heridos en Pawling, Nueva York; antes de que termine la guerra, las Fuerzas Aéreas ya han abierto once más. Rusk convence al presidente Roosevelt de extender programas de rehabilitación estructurada a todas las fuerzas armadas estadounidenses, desplazando el foco clínico de la simple sustitución del miembro hacia la recuperación integral de la función y la autonomía del paciente.

Terminada la guerra, Rusk lleva este mismo modelo a la población civil: en 1947, junto con su colega George Deaver, abre en el Bellevue Hospital de Nueva York el primer centro de rehabilitación pensado para pacientes no militares. En el plano de los materiales, el conflicto también acelera el paso de la madera y el cuero a las aleaciones ligeras y los primeros polímeros más resistentes y menos voluminosos.

De los años 60 hasta hoy


Los conflictos de la segunda posguerra, desde Vietnam en adelante, mantienen alta la presión sobre el sector, alimentada por una población de veteranos relativamente joven y destinada a convivir con su prótesis durante décadas. Esto impulsa el desarrollo de los primeros controles mioeléctricos, capaces de traducir en movimiento las señales eléctricas musculares residuales, así como la introducción de materiales compuestos de fibra de carbono que, a partir de los años setenta y ochenta, permiten fabricar prótesis más ligeras y capaces de devolver energía elástica durante la marcha. Las guerras de Irak y Afganistán abren la última gran fase de aceleración. En 2006, la agencia estadounidense DARPA pone en marcha el programa Revolutionizing Prosthetics con el objetivo de devolver a los veteranos amputados un control casi natural del brazo y la mano. De ahí nace el LUKE Arm de DEKA Research (hoy Mobius Bionics): un miembro modular capaz de ejecutar varios movimientos articulares de forma simultánea y realizar agarres precisos. En ese mismo periodo se extiende la aplicación clínica de la osteointegración, la técnica que fija la prótesis directamente al hueso mediante un vástago percutáneo, eliminando el encaje tradicional: desde 2010 en Australia, con el cirujano Munjed Al Muderis, y desde diciembre de 2015 en Estados Unidos.

Actualmente, el mercado global de prótesis y ortesis mueve 6.560 millones de dólares (dato de 2024), con un crecimiento previsto hasta los 8.480 millones para 2030 (una tasa de crecimiento anual compuesta del 4,4%), impulsado también por causas civiles como los accidentes de tráfico y las complicaciones derivadas de la diabetes. Gracias a las tecnologías actuales, las prótesis ofrecen hoy funciones y niveles de autonomía antes impensables: rodillas con microprocesador que se adaptan al paso y previenen caídas, tobillos motorizados que devuelven el impulso al pie, manos mioeléctricas con dedos independientes capaces de realizar agarres finos, osteointegración que fija la prótesis directamente al esqueleto y los primeros sistemas capaces de ofrecer retroalimentación sensorial. Nacidas muchas veces en el campo de batalla, estas tecnologías encuentran su sentido más pleno en la práctica clínica diaria: poner a cada persona en condiciones de retomar las riendas de su propia vida, un terreno en el que la competencia profesional sigue marcando la diferencia entre un simple dispositivo y una auténtica prótesis.