Joseph Lister y la revolución de la antisepsia

Cómo un cirujano victoriano transformó el quirófano, y por qué lo consiguió donde otros habían fracasado

De la teoría de los miasmas a la teoría de los gérmenes

En el quirófano del siglo XIX, todo lo que se tocaba se convertía en un posible vehículo de contagio: los cirujanos operaban sin lavarse las manos, los instrumentos se reutilizaban de un paciente a otro y los delantales manchados de sangre eran considerados señal de experiencia, no de descuido. La teoría dominante era la del miasma: se creía que el "aire malo" procedente de las heridas causaba las infecciones. El resultado era una mortalidad postoperatoria altísima en todos los hospitales europeos: la piemia, la gangrena y la erisipela mataban a una proporción enorme de pacientes. Sin embargo, es también un período de gran efervescencia científica. Ya en 1847 el médico húngaro Ignaz Semmelweis había demostrado, con datos en la mano, que el simple lavado de manos reducía drásticamente la mortalidad por fiebre puerperal en las clínicas obstétricas de Viena; su intuición fue rechazada por la comunidad médica, pero la semilla estaba plantada. En esos mismos años, Louis Pasteur, estudiando la fermentación y la putrefacción, sienta las bases de lo que se convertiría en la teoría de los gérmenes: la descomposición de la materia orgánica, sostiene, no es un fenómeno espontáneo sino el producto de microorganismos vivos.

Es en este clima de ideas en movimiento donde se sitúa Joseph Lister. Nacido en 1827 en una familia cuáquera de Essex, crece respirando el método científico: su padre, Joseph Jackson Lister, comerciante de vinos pero naturalista por vocación, había perfeccionado las lentes acromáticas del microscopio corrigiendo sus aberraciones ópticas, una contribución que le valió la elección a la Royal Society y que convirtió la microscopía en un instrumento científicamente fiable. Lister estudia en el University College de Londres, donde obtiene el MRCS y el FRCS en 1852, y después se especializa en Edimburgo con James Syme. Cuando en 1864 un colega le muestra el trabajo de Pasteur sobre la fermentación, las piezas encajan: si los microorganismos descomponen la materia orgánica, pueden hacer lo mismo en las heridas abiertas.

La aplicación práctica del principio antiséptico

En 1865, como Profesor de Cirugía en la Universidad de Glasgow, Lister comienza a aplicar su método: la antisepsia, es decir, la destrucción sistemática de los gérmenes antes de que puedan alcanzar la herida, durante la intervención y en la fase de cicatrización, en lugar de limitarse a tratar la infección una vez declarada. El instrumento es el ácido carbólico (el fenol), elegido porque ya se usaba para sanear las aguas residuales de Carlisle con resultados visibles. Lister lo adapta a la cirugía construyendo un sistema en tres niveles:

  • Sobre la herida: el ácido carbólico se aplica directamente sobre el tejido lesionado y sobre el apósito, que se renueva siguiendo una rutina constante en cada cambio, con concentraciones indicadas y modalidades descritas por escrito
  • Sobre los instrumentos: bisturíes, pinzas y agujas se sumergen en solución carbólica antes de cada uso, en lugar de simplemente secarse o calentarse a la llama. Es la primera estandarización de la desinfección instrumental en la historia de la cirugía
  • En el entorno: Lister introduce un spray de ácido carbólico nebulizado en el aire del quirófano durante la intervención, para reducir la carga bacteriana en suspensión. Es la medida más radical, inspirada en los estudios del físico John Tyndall sobre las bacterias suspendidas en el aire, y también la más combatida, porque implica que el propio aire es un vehículo de contagio

El primer caso documentado de uso es el de un niño de 11 años con la tibia fracturada expuesta: en condiciones normales, una herida de ese tipo habría conducido casi con certeza a la amputación por infección. Con el método antiséptico, el paciente se recupera sin complicaciones. En 1867 Lister publica los resultados en The Lancet: en sus salas no se había producido ni un solo caso de piemia, gangrena o erisipela desde la introducción del protocolo. En apenas tres años, la mortalidad entre sus pacientes desciende del 47% al 15%.

De la intuición a la difusión: la comunicación de Lister

La intuición de Lister no nace en el vacío. En esas mismas décadas, varios médicos y científicos estaban cuestionando las ideas tradicionales sobre las infecciones: Ignaz Semmelweis ya había demostrado el papel de la contaminación de las manos en la fiebre puerperal, aunque sus conclusiones no fueron aceptadas de inmediato por la comunidad médica de la época, señal de cuán difícil era traducir un descubrimiento en un cambio compartido. Lister se inscribe en este mismo clima de transformación y lo que le distingue es sobre todo el empeño en hacer su práctica comunicable, verificable y reproducible.

En sus artículos en The Lancet no se limita a presentar los resultados clínicos, sino que describe con gran precisión todo el procedimiento: las concentraciones del ácido carbólico, los tiempos de aplicación, las modalidades de preparación y sustitución de los apósitos y las condiciones operativas de la herida. Esta atención al detalle transforma sus publicaciones en auténticas guías prácticas, pensadas para ser seguidas también por cirujanos que nunca habían asistido directamente a sus intervenciones.

Junto a la escritura, Lister utiliza la demostración directa como herramienta fundamental de transmisión. En el quirófano muestra cada fase del método, explicando el uso de los instrumentos sumergidos en la solución antiséptica y el funcionamiento del spray carbólico, introducido por él para reducir la contaminación del aire. Sus clases clínicas se convierten así en ejecuciones guiadas del procedimiento, en las que observación y explicación se entrelazan constantemente. También la correspondencia científica contribuye a este proceso, haciendo el método adaptable a contextos clínicos distintos.

De la revolución listeriana al quirófano moderno

El legado de Joseph Lister va mucho más allá de la introducción de la antisepsia quirúrgica. Al aplicar a la cirugía los nuevos conocimientos sobre los microorganismos, contribuyó a transformar la infección de complicación casi inevitable en fenómeno prevenible mediante procedimientos científicamente fundamentados. Su trabajo abrió el camino al desarrollo de la asepsia, la esterilización de los instrumentos y, en términos más generales, de la moderna seguridad quirúrgica. Hoy los principios derivados de esta revolución son la base de las prácticas en el quirófano: esterilización a vapor de los instrumentos, uso de material desechable, guantes y batas estériles, desinfección rigurosa del campo operatorio y control del entorno quirúrgico. A estos se suman protocolos cada vez más avanzados de prevención de infecciones, como la preparación preoperatoria del paciente con antisépticos cutáneos, el uso de antibióticos profilácticos y la monitorización continua de las condiciones higiénicas en el quirófano. En su conjunto, estas prácticas reflejan un principio hoy central en la cirugía moderna: reducir al mínimo cualquier posible fuente de contaminación para garantizar la máxima seguridad del paciente.