Mujeres que han cambiado la medicina

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, recorremos las historias de cuatro figuras extraordinarias que han cambiado la forma de hacer medicina, a menudo trabajando en contextos difíciles y enfrentándose a obstáculos culturales y profesionales.

El peso de los prejuicios

Durante siglos, el mundo de la ciencia y la medicina estuvo dominado casi exclusivamente por hombres. En un contexto así, para una mujer emprender una carrera científica significaba enfrentarse a desafíos que iban mucho más allá de la dificultad del estudio o la investigación.

Las investigadoras debían demostrar constantemente su competencia en entornos que a menudo ponían en duda su credibilidad solo por el hecho de ser mujeres. Las universidades limitaban el acceso femenino, las instituciones científicas rara vez concedían puestos de relevancia y muchos descubrimientos realizados por investigadoras eran ignorados, minimizados o atribuidos a colegas hombres.

En este clima de desconfianza y prejuicio, obtener reconocimiento profesional requería una determinación extraordinaria, que solo unas pocas lograron mantener.

Elizabeth Blackwell: la primera mujer médica en Estados Unidos

En el siglo XIX, la idea de que una mujer pudiera convertirse en médica se consideraba inapropiada e incluso escandalosa. Muchos hombres creían que la medicina debía seguir siendo una profesión exclusivamente masculina, relegando a las mujeres al papel de asistentes o enfermeras, sin reconocerles la posibilidad de ejercer como auténticas doctoras.

Elizabeth Blackwell fue la primera en actuar para cambiar este pensamiento. Nacida en 1821 en Bristol, Inglaterra, Blackwell emigró a Estados Unidos con su familia durante la infancia.

Nunca se había interesado por la medicina, hasta que una amiga enferma le confesó que se sentiría menos incómoda siendo atendida por una doctora. Este episodio impulsó a Elizabeth a emprender la carrera universitaria en medicina; a pesar de recibir numerosos rechazos, finalmente logró inscribirse en el Geneva Medical College de Nueva York en 1847.

Al principio, el entorno le resultó especialmente hostil y los estudiantes varones solían sentirse curiosos y, a veces, incluso molestos por su presencia. A pesar de las dificultades, Blackwell no se rindió y se graduó en 1849, convirtiéndose en la primera mujer en Estados Unidos en obtener un título en medicina.

Su carrera nunca fue fácil: muchos hospitales se negaban a contratarla y los pacientes miraban con desconfianza a una doctora. Con su determinación, fundó en 1857 el New York Infirmary for Women and Children, un hospital gestionado únicamente por mujeres y dedicado al cuidado de los pacientes más vulnerables.

En los últimos años de su vida, Elizabeth Blackwell regresó a Inglaterra, donde continuó trabajando activamente para promover el acceso de las mujeres a la profesión médica. En Londres contribuyó a la fundación de la London School of Medicine for Women y también se convirtió en profesora universitaria, dedicándose a la formación de nuevas generaciones de doctoras. A través de la enseñanza y su constante compromiso social, siguió defendiendo el derecho de las mujeres a estudiar y ejercer la medicina hasta su muerte.

Florence Nightingale y el nacimiento de la higiene hospitalaria

La medicina moderna también debe mucho al trabajo de Florence Nightingale, considerada la fundadora de la enfermería moderna.

En el siglo XIX, los hospitales eran a menudo entornos insalubres, donde infecciones y enfermedades se propagaban rápidamente. Durante la Guerra de Crimea (1853–1856), Nightingale fue encargada por el gobierno británico de mejorar las condiciones sanitarias de los hospitales militares.

A su llegada al hospital de Scutari encontró una situación dramática: hacinamiento, mala ventilación, camas infestadas de parásitos y ausencia de prácticas higiénicas adecuadas. Nightingale introdujo una serie de medidas innovadoras para la época, como el lavado sistemático de manos y del instrumental quirúrgico, la desinfección de los espacios, la mejora de la ventilación y una mejor organización de la atención.

Los resultados fueron extraordinarios: en pocos meses, la tasa de mortalidad descendió del 42% al 2%. Esta experiencia demostró la importancia de las prácticas higiénicas y contribuyó a la reforma de todo el sistema sanitario militar británico.

Después de la guerra, Nightingale continuó su labor a través de publicaciones y actividades formativas. En 1860 fundó en Londres la Nightingale Training School for Nurses, la primera escuela moderna de formación en enfermería, contribuyendo a la profesionalización de esta figura.

Alice Stewart y la seguridad de las radiaciones en medicina

En el ámbito de la medicina preventiva y la epidemiología, el trabajo de Alice Stewart tuvo un enorme impacto en la seguridad de las prácticas radiológicas.

En las décadas de 1940 y 1950, el uso de los rayos X estaba muy extendido y se consideraba relativamente seguro, incluso durante el embarazo. Stewart cuestionó esta creencia mediante un estudio epidemiológico conocido como Oxford Survey of Childhood Cancers.

Al analizar los datos de miles de niños, la investigadora descubrió que la exposición a rayos X durante el embarazo duplicaba el riesgo de leucemia infantil. Este hallazgo fue revolucionario porque demostró que incluso bajas dosis de radiación podían tener efectos a largo plazo en la salud.

Sus investigaciones llevaron a revisar las prácticas radiológicas y a introducir nuevas medidas de seguridad, especialmente para proteger a mujeres embarazadas, niños y profesionales sanitarios.

Gracias al trabajo de Stewart, hoy la radiología adopta protocolos mucho más rigurosos y utiliza dispositivos de protección como delantales de plomo, protectores tiroideos y otras barreras para reducir al mínimo la exposición a la radiación.

Rosalind Franklin y el descubrimiento de la estructura del ADN

Otra contribución fundamental a la medicina moderna provino del trabajo de la química y cristalógrafa Rosalind Franklin.

En la década de 1950, Franklin trabajaba en el King’s College de Londres, donde utilizaba la cristalografía de rayos X para estudiar la estructura de las fibras de ADN. Gracias a una metodología extremadamente rigurosa, logró obtener imágenes de gran precisión, entre ellas la famosa “Fotografía 51”, que mostraba claramente la estructura de doble hélice de la molécula. 

Esta imagen representó una prueba crucial para comprender la arquitectura del ADN. Sin embargo, su contribución no fue reconocida de inmediato: la fotografía fue mostrada sin su consentimiento a James Watson y Francis Crick, quienes utilizaron esa información para completar su modelo de la doble hélice.

En 1962, Watson y Crick recibieron el Premio Nobel por el descubrimiento de la estructura del ADN, mientras que Franklin ya había fallecido algunos años antes. Solo décadas después, la comunidad científica reconoció plenamente la importancia de su trabajo.

Además de sus estudios sobre el ADN, Franklin también contribuyó a la investigación sobre virus de ARN en el Birkbeck College de Londres, dejando un legado científico fundamental para la biología molecular y la virología modernas.

Un legado que continúa en la medicina moderna

Las historias de Elizabeth Blackwell, Florence Nightingale, Rosalind Franklin y Alice Stewart muestran cómo la medicina ha sido profundamente transformada también gracias a la contribución de las mujeres.

Desde la higiene hospitalaria hasta la genética, desde la medicina preventiva hasta la formación médica, su trabajo ha contribuido a mejorar la calidad de la atención y la seguridad de los pacientes.

Hoy en día, cada vez más mujeres trabajan en el ámbito sanitario y en la investigación científica, continuando con ese legado hecho de curiosidad, rigor científico y determinación que estas pioneras ayudaron a construir.