La nueva pirámide alimentaria de EE. UU.: ¿un modelo a seguir o a debatir?

La pirámide alimentaria es una herramienta de educación nutricional que indica cómo distribuir los distintos alimentos en la dieta diaria, con el objetivo de favorecer elecciones equilibradas y saludables.

¿Qué cambia realmente en Estados Unidos?

El pasado 7 de enero, en Estados Unidos, se publicó la nueva versión de las Dietary Guidelines for Americans 2025-2030, acompañada de una pirámide alimentaria completamente renovada. Visualmente está invertida respecto a la pirámide clásica y va acompañada de un mensaje de gran impacto: “Eat real food” —es decir, comer comida real—, una invitación clara a reducir el consumo de alimentos ultraprocesados.

Sin embargo, la estructura propuesta ha generado debate en la comunidad científica internacional: esta novedad se aleja claramente de los modelos nutricionales clásicos (como los europeos y el modelo mediterráneo), aunque intenta centrarse en algunos principios bien conocidos de salud pública.



Un modelo visualmente “invertido”

Las nuevas guías estadounidenses presentan una pirámide con la base situada arriba y el vértice abajo, como metáfora de la jerarquía en las elecciones alimentarias.

En la parte “superior” de la pirámide (es decir, lo más recomendado) encontramos:

  • proteínas (tanto animales como vegetales),
  • lácteos enteros,
  • verduras y frutas,
  • grasas “saludables” (como el aguacate y el aceite),
  • cereales

En la parte inferior, como elemento que debe limitarse de forma importante, se sitúan los carbohidratos y las harinas refinadas.

En la práctica, se recomienda dar prioridad absoluta a materias primas nutritivas, especialmente las proteínas, y reducir de manera drástica los alimentos más procesados. A diferencia de los modelos europeos, se abandona el concepto de “categorías de raciones diarias”, pero el mensaje que se transmite sigue siendo claro y contundente: más comida real y menos comida industrial.

Mayor aporte proteico

Una de las novedades más discutidas es la recomendación de un aporte proteico superior al de años anteriores. Los niveles sugeridos se sitúan entre 1,2 y 1,6 g/kg de peso corporal al día, una cantidad notablemente mayor que la recomendación mínima tradicional de aproximadamente 0,8 g/kg.

Desde el punto de vista clínico, esto significa que una persona de 70 kg debería consumir entre 84 y 112 g de proteínas al día; un objetivo exigente, sobre todo si se orienta principalmente hacia fuentes de origen animal.

Obesidad y sobrepeso: datos comparados

El consumo excesivo de alimentos ultraprocesados se asocia a un mayor riesgo de numerosas enfermedades crónicas no transmisibles. Las dietas ricas en azúcares añadidos, grasas saturadas y sal pueden contribuir al desarrollo de obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión, dislipidemias y enfermedades cardiovasculares. Además, numerosos estudios recientes señalan un vínculo entre alimentos altamente procesados y un aumento de la inflamación sistémica, factor de riesgo para algunas formas de cáncer y trastornos metabólicos.

La sostenibilidad ausente como principio educativo

Desde el punto de vista ambiental, la producción alimentaria moderna —y en particular la ganadería intensiva— contribuye de manera significativa a las emisiones de gases de efecto invernadero, al uso intensivo del suelo y a la contaminación hídrica y energética.

Las dietas con alto contenido de productos de origen animal generan mayores emisiones de CO₂ y un uso considerablemente superior de recursos en comparación con dietas predominantemente vegetales, con importantes implicaciones para el cambio climático y la biodiversidad.

Este impacto ambiental pone de relieve una carencia en el modelo estadounidense: mientras que las guías europeas e italianas tienden a incluir la sostenibilidad ambiental como parte de las recomendaciones alimentarias, en EE. UU. estos aspectos se consideran de forma marginal o están prácticamente ausentes.

En muchas zonas de Estados Unidos, además, encontrar frutas y verduras frescas a precios accesibles resulta mucho más difícil que en España o en otros países europeos. Por esta razón, la eficacia real de las nuevas guías dependerá también de las desigualdades económicas y ambientales que afectan a la población.