Prevenir las enfermedades cardiovasculares: de los factores de riesgo a la monitorización diaria

Infarto, ictus, insuficiencia cardíaca y arritmias comparten diversos factores de riesgo, en gran parte modificables. Reconocerlos a tiempo y medir con regularidad los parámetros adecuados es la estrategia más eficaz para reducir su impacto

Las enfermedades cardiovasculares: una visión de conjunto

Según la Organización Mundial de la Salud, en 2022 las enfermedades cardiovasculares causaron alrededor de 19,8 millones de muertes en el mundo, el 32 % del total de fallecimientos. Bajo esta definición se agrupan afecciones distintas, algunas de las cuales merecen especial atención por su prevalencia y mortalidad:

  • Cardiopatía isquémica e infarto de miocardio: la aterosclerosis de las arterias coronarias reduce el aporte de sangre al corazón hasta la oclusión del vaso. Es la primera causa de muerte en el mundo, con el 13 % de todos los fallecimientos según la OMS, y está relacionada sobre todo con la acumulación de colesterol LDL en las placas de ateroma, un proceso acelerado por el tabaquismo, la hipertensión y la diabetes.
  • Ictus: interrupción súbita del flujo sanguíneo a una parte del cerebro, en la mayoría de los casos por la obstrucción de un vaso. Después de la cardiopatía isquémica, el ictus es la causa de muerte cardiovascular más frecuente: la OMS le atribuye alrededor del 10 % de los fallecimientos en el mundo.
  • Insuficiencia cardíaca: el corazón ya no consigue garantizar un gasto adecuado a las necesidades del organismo; con frecuencia es la consecuencia de infartos previos y de una hipertensión no controlada a lo largo del tiempo.
  • Fibrilación auricular: la arritmia más común, en la que la contracción desordenada de las aurículas favorece la formación de trombos y aumenta el riesgo de ictus.
  • Enfermedad tromboembólica venosa: formación de un trombo en una vena profunda, normalmente de la pierna, que puede llegar al pulmón; junto con el infarto y el ictus, la International Society on Thrombosis and Haemostasis la sitúa entre las tres principales causas de muerte cardiovascular.

Los factores de riesgo modificables

El dato más relevante es que gran parte de los eventos cardiovasculares se puede prevenir: en el caso del ictus, por ejemplo, se estima que alrededor de 9 de cada 10 casos son atribuibles a factores de riesgo modificables. La edad, el sexo masculino y los antecedentes familiares de eventos cardiovasculares precoces son factores no modificables: ayudan a estratificar el riesgo, pero no pueden corregirse. Sobre todos los demás, en cambio, la prevención puede actuar de forma concreta:

  • Dislipemia: los niveles elevados de colesterol LDL favorecen la formación de placas a lo largo de las paredes arteriales; la dieta, la actividad física y, cuando es necesario, el tratamiento con estatinas permiten devolverlos a los valores objetivo.
  • Hiperglucemia: la resistencia a la insulina es una condición a menudo silente que precede a la diabetes tipo 2 y se asocia con frecuencia a obesidad, hipertensión y dislipemia, aumentando de forma significativa el riesgo cardiovascular.
  • Tabaquismo: el humo del tabaco provoca vasoconstricción, aumento de la presión arterial y progresión de la aterosclerosis, con un efecto directo sobre el riesgo de infarto e ictus.
  • Sedentarismo: según la OMS, quienes no realizan suficiente actividad física tienen un riesgo de muerte entre un 20 y un 30 % mayor. Por el contrario, una actividad física regular, de al menos 150 minutos semanales de intensidad moderada, reduce el riesgo de hipertensión y de mortalidad cardiovascular; los dispositivos ponibles ayudan a monitorizar la frecuencia cardíaca y la carga de entrenamiento.
  • Exceso de peso: la obesidad, sobre todo abdominal, empeora el perfil tensional, glucémico y lipídico.
  • Alimentación inadecuada y alcohol: el exceso de sal, azúcares y grasas y el consumo nocivo de alcohol figuran, según la OMS, entre los principales determinantes conductuales de las enfermedades cardiovasculares.

Estos factores rara vez se presentan aislados: es su combinación la que determina el riesgo global del paciente. Por ello, las guías de la Sociedad Europea de Cardiología sobre prevención recomiendan una valoración integral del riesgo, en lugar del control de un único parámetro.

Presión arterial: el primer parámetro que hay que controlar

La hipertensión es el principal factor de riesgo de ictus: según la World Stroke Organization, más de la mitad de todos los ictus se asocia a cifras de presión arterial elevadas. Es además uno de los factores más relevantes para el infarto, la insuficiencia cardíaca y la fibrilación auricular. Según la OMS, en 2024 alrededor de 1400 millones de adultos de entre 30 y 79 años eran hipertensos: de ellos, el 44 % no lo sabía y solo el 23 % tenía la presión arterial controlada. La brecha entre la prevalencia de la enfermedad y su diagnóstico convierte la medición sistemática de la presión arterial en uno de los gestos de prevención más eficaces a disposición del médico.

El instrumento de referencia sigue siendo el esfigmomanómetro. Sin embargo, la medición en consulta solo refleja un momento puntual: puede verse alterada por el efecto de bata blanca o, por el contrario, no detectar una hipertensión enmascarada. En estos casos, el holter de presión arterial permite registrar la presión durante 24-48 horas, cada 15-30 minutos durante el día y cada 30-60 minutos durante la noche, ofreciendo un perfil completo de la evolución de la presión arterial y de su variabilidad.

El ritmo del corazón: fibrilación auricular y diagnóstico precoz

Entre las arritmias, la fibrilación auricular es la más común y la más relevante desde el punto de vista preventivo: la contracción desordenada de las aurículas favorece el estancamiento de la sangre y la formación de trombos, con un riesgo de ictus unas 5 veces mayor que el de la población general. Se estima que es responsable del 20-30 % de todos los ictus, que en estos pacientes tienden a ser más graves e incapacitantes.

La dificultad radica en que la fibrilación auricular es a menudo intermitente o asintomática. Por ello, el diagnóstico precoz se basa en varios niveles de monitorización:

  • ECG en reposo de 12 derivaciones: prueba de primer nivel, rápida y estandarizada, que puede realizarse también en la consulta de atención primaria.
  • Holter ECG: registro continuo del ritmo durante 24 horas o más, útil para detectar episodios intermitentes que escapan a un trazado aislado.
  • Dispositivos de cribado domiciliario: tensiómetros con detección de fibrilación auricular y ECG portátiles, que permiten al paciente registrar un trazado en el momento de los síntomas.

Circulación venosa y prevención de la trombosis

La prevención cardiovascular no se limita al territorio arterial. La enfermedad tromboembólica venosa surge de situaciones de estasis, hipercoagulabilidad o daño de la pared venosa: la inmovilización prolongada, las intervenciones quirúrgicas, el embarazo, los tratamientos hormonales y las enfermedades oncológicas son las situaciones más frecuentes. Además de la movilización precoz y, cuando está indicada, la profilaxis farmacológica, la compresión elástica desempeña un papel importante.

Las medias de compresión graduada ejercen una presión decreciente desde el tobillo hacia arriba, favoreciendo el retorno venoso y contrarrestando la estasis. El nivel de compresión debe elegirse en función de la indicación: 8-15 mmHg para un uso diario preventivo, 15-20 mmHg en presencia de trastornos circulatorios, 20-30 mmHg o más por indicación médica. Un apoyo sencillo, útil en la prevención de la trombosis venosa profunda durante los largos periodos de inmovilidad, desde los viajes hasta la hospitalización.